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LA EDUCACIÓN INCLUSIVA: PROCESO EN CIERNES

Nadie duda que la educación es el único modo de desarrollo y de progreso para el individuo. La educación entendida como formación de valores, conocimientos y actitudes es fundamental para la creación de ciudadanos conscientes de su papel en la sociedad,  y esta conciencia se adquiere desde la niñez, dentro de la familia y de la escuela.

El progreso de la sociedad en su conjunto no tiene sentido si deja postergados  a algunos niños o niñas porque no se tiene en cuenta sus diferencias, porque no hay espacio para la diversidad. De ahí ha surgido la educación inclusiva, que no por estar definida como concepto, se ha esparcido  como una realidad inherente a las necesidades del mundo actual.

La educación inclusiva reconoce el derecho que tienen los niños, adolescentes, jóvenes y adultos a una educación de calidad, que considere y respete las diferentes capacidades y necesidades educativas, costumbres, etnia, idioma, discapacidad, edad, entre otros aspectos (Foro Educativo, 2007). Pretende eliminar los obstáculos que impiden o limitan el aprendizaje o la participación de todos los niños en el sistema educativo.

“La educación inclusiva no cree en la segregación, ni tampoco considera que haya que hacerle un lugar especial a la niñez con discapacidad. Sino propone que hay un lugar que se llama escuela que es para todos y hay un proceso social que se llama educación y ese proceso se vive en común” (Manual de educación inclusiva, 2006).

Por supuesto que este enfoque  se opone al de homogenización, que establece una tipificación de lo que se considera “normal”, excluyendo por motivos de sexo, pobreza, raza o discapacidad. Esto es discriminatorio porque desconoce las diferencias, la diversidad que existe en los grupos humanos.

Desde hace varios años, la UNESCO (Educación para todos, 2011) identificó los enfoques educativos para la diversidad, la inclusión y la cohesión social. Entre estos están los que promueven “mecanismos de concertación entre diferentes sectores del gobierno y de la sociedad civil para el debate y monitoreo de las políticas educativas y para enfrentar las causas que generan desigualdad dentro y fuera de los sistemas educativos”, de manera que pueda atenderse a la diversidad mediante una educación de calidad. Por esto existe la educación inclusiva, para superar estereotipos y desarrollar a los niños y jóvenes de acuerdo con sus capacidades, con igualdad de oportunidades.

“La idea de la inclusión es transformar, no solo es acceder, es sobre todo ofrecer una educación de calidad que dé respuesta a las diferencias, es hacer efectivo para todos el derecho a la educación”(Blanco, 2004).

A pesar de todo lo que se ha avanzado,  la realidad todavía dista mucho de alcanzar esas metas de la inclusión. En muchas regiones todavía se mantienen las diferencias entre el sector público y el privado, y entre las zonas rurales y las urbanas, indicativos de que continúa la desigualdad en el acceso a una educación de calidad para todos. También se mantienen diferencias en tecnologías, horas efectivas de aprendizaje, infraestructura de los centros educativos, entre otros problemas.

Otro aspecto tiene que ver con la capacitación de los docentes para atender a estudiantes con discapacidad  o con necesidades educativas especiales. Y no solo esto, sino que los maestros deben estar preparados para identificar las diferencias individuales, los problemas de aprendizaje, las situaciones personales o familiares de los alumnos que puedan afectar en algún momento su aprendizaje, entre otros aspectos.

Es imprescindible, en este instante, hacer una correcta definición de necesidades educativas especiales, necesidades educativas individuales y necesidades educativas comunes. Las primeras no están referidas siempre a una condición de discapacidad, sino a las dificultades que se pueden presentar, de forma temporal o permanente, para el aprendizaje y que requieren ayudas, apoyo especial, para facilitar el proceso educativo. Sin embargo, las necesidades educativas individuales están asociadas a la diversidad y requieren la atención pedagógica, ya que cada estudiante tiene experiencias, motivaciones y capacidades diferentes. Por último, las necesidades educativas comunes las comparten todas las personas: las relaciones interpersonales, el desarrollo de la identidad, la autoestima, el pensamiento lógico, etc.

¿Qué debe ofrecer la escuela inclusiva? En primer lugar, aceptación y comprensión de las diferencias; buen trato a todos los alumnos por igual; adaptaciones curriculares, metodológicas y de la infraestructura, y expectativas de desarrollo de acuerdo con las potencialidades de los estudiantes (Foro Educativo, 2007).

Rosa Blanco (2004) afirma que: “No existe la pedagogía del niño sordo o del niño ciego, no existe el método para enseñar a leer al niño con Síndrome de Dawn; un niño con discapacidad antes que nada es un niño, con 7,8,9 años y después tiene, entre otras cosas, una condición que es la discapacidad.”

Tanto las discapacidades como las necesidades educativas especiales son condiciones de la persona, que no explican todo lo que esa persona es y lo que puede llegar a ser. Por ello, la educación inclusiva apela a derribar las barreras actitudinales y a lograr intervenciones pedagógicas que permitan las mejoras significativas de los estudiantes y que estos puedan acceder a todas sus potencialidades.

La educación inclusiva no es un “problema” que deben resolver los sistemas educativos y las instituciones de las diferentes naciones. Es, simplemente, un reto que hay que asumir. Significa preocuparse  por cómo enseñar juntos a alumnos heterogéneos con ritmos, motivaciones, capacidades e intereses diferentes (Orientaciones para el apoyo a la inclusión educativa, 2013).

Varios foros educativos, redes y asociaciones han expuesto estrategias para lograr la inclusión educativa. Algunas de estas estrategias son:

 

  • Currículo flexible: Planificar y diseñar una metodología participativa, potenciando el protagonismo de los estudiantes y la interdependencia.
  • Criterios y procedimientos flexibles de evaluación: La evaluación debe partir de los objetivos, pero basada en el crecimiento y progreso individual del estudiante, en los logros alcanzados, sin establecer una comparación con el grupo.
  • Tutoría entre iguales: Se basa en la creación de parejas de alumnos entre los que se establece una relación guiada por el profesor y,  de acuerdo con el nivel de competencia entre los estudiantes, uno hace de tutor y otro de tutorado para un determinado contenido curricular.
  • Aprendizaje por proyectos: Consiste en crear situaciones de trabajo en las que los alumnos aprendan procedimientos que les ayuden a indagar, organizar y asimilar una información. Es una forma de lograr el conocimiento de modo interdisciplinario.

 

  • Centros de interés: Se puede organizar los contenidos curriculares de acuerdo con los intereses de los alumnos; esto favorece la motivación, los estímulos para observar y permite asociar hechos, experiencias y  recursos.
  • Participación de los padres: Debe buscarse la integración de los padres en las actividades de la escuela, en el apoyo de los aprendizajes en el hogar y en el control de los progresos de sus hijos.

Se trata, además, de reorganizar los recursos ya existentes en el centro educativo, armonizando todos los aspectos técnicos, humanos y de infraestructura para responder a las necesidades del alumnado, contando con la colaboración de todos: directivos, maestros, padres y alumno.

Por Juana Díaz
Sub Dirección Docente

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